jueves, 25 de octubre de 2012

Reflexiones de inicio de curso

Una  vez asentado en mi nuevo destino, me paro a pensar dónde estoy y no me encuentro. Me explico. Acostumbrado como estaba desde hace diez años a incorporarme a mi nuevo centro (siempre distinto al anterior) a principios de septiembre, este año con los recortes, me he visto en el paro hasta principios de octubre. Realmete los recortes para lengua y literatura han sido brutales. Estando en el puesto 120 de la lista de interinos, me quedé sin plaza en las 3 primeras adjudicaciones, la de julio y las dos primeras de septiembre. El año anterior obtuvieron plaza en julio hasta 350 interinos... No es difícil  la resta.

En fin, que me llega la adjudicación buena, en la que sí tengo plaza seguro, pues ya llegan las sustituciones y decido declinar vacantes y poner en primer lugar una sustitución. La razón es simple. La sustitución me entero de que es larga y en mi pueblo, y más aún, en el instituto donde yo estudié. No me daban buena espina las vacantes que había y me apetecía quedarme en casa y dejar de hacer kilómetros y perder horas en la carretera.

Y aquí me encuentro, feliz pero con unas sensaciones extrañas, distintas, como siempre, pero extrañas. Cada año las sensaciones son distintas. Es lo que tiene ser profesor interino, itinerante. No he repetido ningún instituto en estos 10 años que llevo dedicado a la enseñanza. Eso implica empezar de cero año tras año. Carreteras nuevas, población nueva, alumnos nuevos, libros nuevos, compañeros nuevos, directiva nueva... Todo nuevo y hay que aclimatarse lo antes posible. Cuando te has dado cuenta llega junio, a casa y al año siguiente vuelta a empezar.

Pero este año las sensaciones son distintas, como siempre, pero extrañas como nunca. Me veo en el instituto donde estudié, aunque de aquel viejo instituto solo queda el nombre. Ya había visitado el centro en otras ocasiones de mi etapa como librero o como padre a matricular a mi hijo y de pronto me veo dentro como profesor. Aún quedan un par de profesores de cuando yo estudié.

Echo la vista atrás y parece que no haya pasado el tiempo. ¡Pero vaya si ha pasado! Ha llovido desde entonces. Y sin embargo recuerdo muchos de los buenos momentos que pasé entre los muros del antiguo edificio, construido al revés. La fachada principal mirando hacia el sur, hacia los huertos de naranjos, que ya no existen, mientras la espalda miraba al norte, a la carretera. Recuerdo la cafetería y los momentos de guiñote y poker y a Paco detrás de la barra, pregonando sus bocadillos. Recuerdo los vestuarios, nada de gimnasio. La capilla, con su piano desafinado. Inolvidable el día que en la capilla pusimos un disco de Siniestro Total y el profesor de música, que en realidad era de Física y química, leía asombrado las letras de aquel primer disco de los Siniestro. Todavía le veo la cara de incredulidad y aún retumban en mis oídos las carcajadas de los compañeros al ver las caras que ponía conforme iba leyendo las irreverentes y pronográficas letras... Recuerdo el salón de actos, el temible salón, donde empezabas el curso y distribuían los grupos, donde se hacían los exámenes importantes, suficiencia, en junio y la convocatoria de septiembre, que visité en varias ocasiones... Algún profesor de aquella época se echaría las manos a la cabeza si viera donde estoy ahora, jajaja. ¡Qué queréis! Era joven, eran los 80. Pero si por algo recuerdo el salón de actos es por las movilizaciones y las protestas estudiantiles del 86. Como siempre yo andaba metido en todos los "fregaos" y formaba parte de la "Coordinadora" de huelgas. Aquello sí eran movilizaciones. Pero en fin, eran otros tiempos.

Volvamos al presente, que parezco el abuelo Cebolleta contando batallitas.

Las sensaciones extrañas no son por estos recuerdos que me llegan, pues nada de los muros del nuevo edificio me recuerdan a nada de lo que he recordado así a bote pronto. Solo el nombre del instituto y alguna que otra cara conocida entre los profesores que quedan de aquellos tiempos. Son otras circunstancias que estoy viviendo este año.

Entrar a cualquiera de las aulas de los grupos que llevo y ver caras conocidas. Jóvenes que ya conocía,  de antes (a algunos demasiado bien, jejeje) y me conocen . Del fútbol, del colegio de primaria donde llevo o llevaba a mis hijos, del parque, en fin, del pueblo. Pero de pronto veo una cara que no conozco, pero sí conozco, jajaja. Al joven no lo conozco, pero es la viva imagen de su padre o madre a los que sí conozco, por haber estudiado juntos, haber jugado al fútbol o simplemente de salir por ahí. Incluso sin reconocer caras, esos apellidos... ¿No será hijo/a o nieto/a  de fulanito/a? Indago un poco, una pregunta por aquí, una sugerencia por allá y a veces se confirma y otras no. Todo esto es nuevo para mí y por eso me resulta extraño. Por el momento no es ni bueno, ni malo, simplemente extraño.

Y las sensaciones se multiplican cuando una alumna me pregunta si conozco a su abuelo y se me cae el mundo encima... Estoy dándole clases a la nieta de mi profesor de literatura de COU, don Ximo Cruz. ¡Tierra trágame! Me acuerdo de muchos de los profesores que tuve en el instituto. De algunos tan solo recuerdo vagamente el rostro, casi ningún nombre y otros se han borrado completamente, pero de Ximo recuerdo rostro y nombre perfectamente. Aunque debo reconocer que cuando la alumna mencionó el nombre, le dije extrañado que no podía ser su abuelo y es que había también un alumno con el mismo nombre, que también formaba parte del grupo de teatro que representó Los Cuernos de don Friolera de Valle-Inclán en la Casa de la Cultura. Y ahora me resulta raro haber pensado en este chico porque no tuve mucho trato con él. Entonces pensé, ¡Ojo, ha dicho abuelo! ¡Ximo Cruz profe...! Pues claro... En fin, os podéis imaginar el subidón. Además le comenté a la joven que seguramente su abuelo no me recordaría y para mi sorpresa, me equivocaba, jejeje. Me sorprende, pues yo no formaba parte del grupo de teatro, aunque siempre que podía les ayudaba y, aunque a partir de 3º de BUP me reformé como estudiante aplicado, tampoco destacaba demasiado. Eso sí, aunque ya había encaminado mis estudios hacia las letras en 3º, Ximo Cruz acabó por meterme en las venas la literatura (y mira que me gustó poco Tiempo de silencio) y sobre todo el teatro en general y mi admiración por Valle-Inclán en particular.
Lo que son las cosas. Yo iba para periodista y con el sobre de matrícula en la mano, en la cola de secretaría de la Facultad de Periodismo de la Universidad CEU San Pablo de Moncada, se me cruzaron los cables, por razones que no vienen a cuento, me salí de la cola y le dije a mi padre que me llevara a la Avda. Blasco Ibáñez de Valencia a la facultad de Filología. Lo tenía muy claro, si no iba  a ser periodista, sería profesor de literatura...

Y aquí estoy, con mis extrañas sensaciones, pero feliz. Sin haber perdido "todavía" las ganas de enseñar y transmitir lo que otros, como Ximo Cruz, me enseñaron y transmitieron a mí. Nuestros políticos me lo están poniendo muy difícil y, a veces, me dan ganas de mandarlo todo a la ... (¡Ojo que es un blog de lengua! Rellenar el hueco con lo que más os apetezca). Pero aún me queda cuerda para rato. Seguiremos en la trinchera, con el machete entre los dientes, hasta que el cuerpo aguante, pues las aulas, hoy día, estimado profesor, más parecen trincheras, que aulas. ¡FRIOLERA!

CARPE DIEM

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